«Educarse con la esperanza de permanecer libres e independientes»

Según relata Irene Vallejo en El infinito en un junco, debemos a Alejandro Magno la aparición del vértigo y los terrores de la globalización en una multitud de pequeñas naciones griegas que, hasta entonces, se enorgullecían de su propia política y su propia cultura. Por eso, para defender su libertad, eran frecuentes los roces y escaramuzas.
Pero no pudieron evitar convertirse en periferia imperial y en su transformación de ciudadanos a súbditos perdieron la identidad y el orgullo. Y en esta deriva identitaria e institucional, se afanaron en buscar nuevos refugios y uno de ellos fue lo que Irene denomina «la religión de la cultura y del arte».
Ante el eclipse de la vida ciudadana, ciertas personas decidieron dedicar sus energías a aprender; a educarse con la esperanza de permanecer libres e independientes en un mundo sometido; a desarrollar hasta el máximo posible todos sus talentos; a conseguir la mejor versión posible de sí mismos; a modelar su interior como una estatua; a hacer de su propia vida una obra de arte.
Siglos más tarde, ante la objetivación de los conceptos de cultura y arte, esta estética de la existencia a la que se aferraron los griegos impresionó a Michel Foucault, que dijo:
Me llama la atención el hecho de que en nuestra sociedad el arte se haya convertido en algo que atañe a los objetos y no a la vida ni a los individuos. ¿Por qué un hombre cualquiera no puede hacer de su vida una obra de arte? ¿Por qué una determinada lámpara o una casa pueden ser obras de arte y no puede serlo mi vida?
Hoy, con esta uniformidad en fondo y forma, con este coleccionar experiencias en vez de vivirlas y modelarlas, que en vez de enriquecernos con la diversidad que supuestamente ensalzamos y defendemos, hay que llevar las preguntas un poco más atrás. Incluso empezar desde lo básico porque… ¿Tenemos una Voz Propia?
